Si crees que eres "blando/a" o "duro/a" es que no te conoces

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Juan Pedro Sánchez es una Marca que forma parte de AMCES (asociación española de mentoring) y EMCC (asociación europea de mentoring y coaching). 

A menudo encontramos en organizaciones y colectivos profesionales de todos los sectores, a trabajadores, profesionales y directivos que se comportan de un modo que solemos llamar “blandos” en unos casos, y “duros” en otros.

 

Habitualmente cuando decimos “blandos” queremos decir habitualmente que “le toman el pelo”, “se le suben a la chepa”, o "no le hacen caso y no se impone".

 

Es decir, que muestra demasiada cercanía emocional o condescendencia hacia los demás.

 

En realidad, lo que ocurre es que esa persona no sabe “poner límites” saludables (y no los pone).

 

Sin embargo cuando decimos “duros” lo que queremos decir suele ser que “le falta sensibilidad”, “es muy frío/a”, o “muestra exigencia y rigidez desmedida”.

 

Es decir, que muestra demasiada distancia emocional o rigidez hacia los demás. 

 

En realidad, lo que ocurre es que esa persona no sabe “poner límites” saludables (y los pone mal).

 

La diferencia está en que la persona “blanda” tiene un “defecto de límites” y la persona “dura” tiene un “exceso de límites”.

 

Lo que está ocurriendo, a nivel emocional, es que ambos tienen miedo (aunque no lo expresen conscientemente).

 

¿Miedo? ¿A qué?

 

Pues básicamente a "no ser queridos". Es importante recordar aquí que lo que buscamos todos, consciente o inconscientemente, es ser queridos y aceptados.

 

En otras palabras (con menos connotación emocional) diríamos miedo a "no ser respetados" o "a ser agredidos".

 

Y para “protegerse” de ese miedo, el “blando” trata de evitar el conflicto a toda costa y por eso no pone límites de forma adecuada.

 

El “duro”, que tiene otro punto de vista, se protege aislándose de los sentimientos, incluso cree en aquello de "la mejor defensa es un ataque", y por eso pone límites demasiado amplios.

 

Probablemente ninguno de los dos perfiles, de directivos o profesionales, sean conscientes de este asunto.

 

La paradoja es que ambos consiguen justo el efecto contrario al buscado.

 

El primero termina consiguiendo que abusen de su generosidad, cayendo fácilmente en el servilismo o sumisión (hasta que un día se harta y “explota” o “se aleja en silencio”, generando conflicto a su alrededor).

 

El segundo termina consiguiendo que la gente le tema, le rechace y reproche a sus espaldas, "se quemen" y dejen de respetarlo porque no tiene en cuenta las necesidades de los demás.

 

¿Te suena esto?, ¿por qué sucede?

 

Porque ambos tienen creencias limitantes, muy probablemente construidas en los primeros años de vida, que han ido arrastrando.

 

Debemos tener en cuenta que nuestro cerebro funciona solo en presente (el recuerdo o la imaginación se producen desde el presente).

 

Es decir, que una creencia construida 10, 20, 30 o 40 años atrás es un circuito neuronal que se puede activar aquí y ahora en nuestro cerebro, en cualquier momento.

 

El primer paso para corregir esto es ser consciente de ello, aceptarlo y tener la disposición para querer cambiarlo (solos o con ayuda profesional de un mentor o un coach).

 

Es un proceso de trabajo que llamamos de "autoconsciencia" y "autoconocimiento".

 

Y constituye una parte de la habilidad o competencia llamada "inteligencia emocional".

 

Cualquier profesional o directivo que quiera mejorar en su rol laboral tiene una oportunidad única de adentrarse en este maravilloso viaje que algunos llaman "de la cabeza al corazón".

 

Porque aunque cabeza y corazón están separados apenas 30 centímetros, es uno de los tránsitos más intensos, saludables y productivos que puede hacer cualquier ser humano.

 

Y para cualquier empresa o profesional es una de las mejores inversiones que puede hacer, con un ROI in crescendo y para toda la vida.

 

Recuerda que no puede haber un liderazgo auténtico sin un auto-liderazgo saludable.

 

¿Y tú, te conoces bien? ¿O estás etiquetado de "blando/a" o "duro/a"?

 

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