¿Cómo usas tus espantapájaros?

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Juan Pedro Sánchez es una Marca que forma parte de AMCES (asociación española de mentoring) y EMCC (asociación europea de mentoring y coaching). 

La semana pasada, en la conferencia que impartí en la Facultad de Psicología de la Universidad de Valencia, usaba la figura del espantapájaros como metáfora para poder ampliar la visión sobre los retos, problemas o situaciones que la vida nos pone delante de las narices.

 

Porque, habitualmente, usamos el espantapájaros como señal de peligro para ahuyentar a las aves y evitar que se coman nuestra cosecha.

 

Es decir, usamos el miedo como inductor de huída.

 

Pero también, al mismo tiempo, el espantapájaros es un indicador o señalizador de dónde está la cosecha.

 

En realidad también estamos comunicando dónde tenemos la cosecha.

 

Pues bien, si esto lo aplicamos al miedo o cualquier otro dolor emocional que nos producen algunas personas o situaciones con las que nos vamos encontrando a lo largo de nuestra vida personal y profesional, tenemos dos opciones:

  

  • Culpar, maldecir, demonizar, acusar, enjuiciar y rechazar a personas y situaciones (huir del espantapájaros).

 

  • Usar el malestar como indicador de una posible creencia desadaptativa o carencia interna que podemos corregir y mejorar (acceder a la cosecha).

 

No son opciones excluyentes. Se pueden complementar perfectamente dependiendo de la situación.

 

Es decir, inicialmente podemos maldecir, rechazar, enjuiciar como reacción inconsciente o automática de nuestro ego protector.

 

Después, más calmados, podemos responder de manera consciente, no automática, echando un vistazo al reflejo en nuestro interior tratando de ver qué viejas creencias pueden estar provocando ese dolor.

 

Hablamos, obviamente, de desarrollar nuestra inteligencia emocional usando a los demás y las situaciones como auténticos espejos donde proyectamos nuestros miedos. 

 

Y digo viejas creencias porque suelen estar obsoletas, desconectadas de la realidad o fuera de cobertura actual.

 

Por ejemplo, como cuando en nuestra niñez aprendimos a callarnos o a no destacar para conseguir el afecto de nuestros padres.

 

Y decidimos que "ser invisibles" era la mejor opción.

 

O como cuando aprendiste todo lo contrario, que llamando la atención y destacando era cuando obtenías el cariño que necesitabas.

 

Y decidiste que darte autobombo era la mejor estrategia.

 

También puede que aprendieses que no eras lo suficientemente valioso/a porque siempre te criticaban o te señalaban independientemente de lo que hicieses, no felicitándote nunca (o pocas veces) por lo que hacías bien.

 

Y caíste en el perfeccionismo crónico que ve defectos por todas partes.

 

O aprendiste que anteponer las necesidades de los demás a las tuyas era una forma genial de que te quisieran mucho, cayendo en el servilismo.

 

Quizá tuviste experiencias muy dolorosas y aprendiste que la mejor opción era golpear primero antes de que te golpeasen, adoptando el hábito de ponerte a la defensiva antes de saber realmente qué ocurre.

 

Da igual. Lo importante es saber si hoy eso te sirve en tu vida adulta, en tu trabajo, como empleado, directivo o emprendedor.

 

Una señal inequívoca es creer que estás rodeado/a de imbéciles, imperfectos, criticones, o inútiles, por poner algún ejemplo, pensando en tu mala suerte.

 

Y para toda esta casuística, y mucha más, nos sirve el espantapájaros de la situaciones que vivimos. Es un auténtico lujo poder usarlo como indicador de creencias o hábitos desadaptativos propios.

 

Aprendizajes que fueron inteligentes en su momento porque nos permitieron ser más felices, pero que ya no lo son porque ahora nos producen justo el efecto contrario: infelicidad y conflicto interno.

 

Pero si solo usamos el espantapájaros del miedo, la rabia, la envidia, el odio, la ansiedad..., para huir y maldecir, nos estamos perdiendo la oportunidad de dar con la cosecha interior.

 

Y conseguir así un poco más de bienestar, serenidad, calma o felicidad..., hasta que se presente el próximo espantapájaros.

 

¿Y tú, cómo usas tus espantapájaros?